El
sol se alzaba ya entrada la mañana y dos jóvenes señoritas, sentadas en unas
escaleras y presas del aburrimiento, incordiaban sin miramientos a los
transeúntes exclamando “¡¡buenas noches!!, ¡buenas noches, señor!, ¡buenas
noches, señora!” a viva voz y riendo después con estridente risa. Mas pasó
entonces un hombre, vestido de traje con sombrero de copa y monóculo, y ellas
exclamaron “¡Buenas noches, señor!” y él se detuvo y respondió “buenas son, sin
duda, mas cuando el amanecer se alce, la oscuridad se cernirá sobre la tierra y
los delfines, de los colores de las rosas y la hierba bien cuidada, se alzarán
en el cielo y dominara, junto a los hipocampos multicolores, la humanidad.” Y tras
exclamar esto, dejando boquiabiertas a las jóvenes, un rayo cruzó el cielo y un
trueno le siguió. Y el hombre reanudó su camino al tiempo que la lluvia
comenzaba a caer, mas no era agua lo que llovía si no virutas de chocolate que,
en cuestión de minutos, cubrieron las calles. Los niños gritaban de alegría mientras
que las señoras alzaban sus voces con horror al ver sus impolutos vestidos
empapados en chocolate. Y, de pronto, la lluvia cesó, las nubes marrones se
abrieron dejando ver un arcoíris en escala de grises en el cielo amarillo de la
tarde.
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martes, 30 de abril de 2013
jueves, 7 de febrero de 2013
Sonrisas 6ª parte
—Las
voces me dicen que queme cosas—dijo con los ojos enrojecidos y llorosos
mientras se cubría las orejas con las manos— pero en realidad quieren que mate
gente.
Y aquellas
fueron sus últimas palabras antes de que aquellos enfermeros le pusieran la
camisa de fuerza y la llevaran al manicomio.
A las
dos semanas, había intentado suicidarse tres veces y había herido a cuatro
pacientes, así que la aislaron en una sala acolchada, mas no lo hubieran hecho
si hubieran sabido las intenciones de la perturbada joven. Cuando las luces se
apagaron aquella noche ella no durmió. Se acercó a las paredes y acarició con
su mejilla la suave y mullida superficie de la pared, cuya función era
protegerla de ella misma y que, sin embargo, serviría para algo muy distinto. Apoyó
la espalda y se dejó caer por la pared hasta quedar sentada en el suelo,
rebuscó entre sus ropas, escondido en lugares indecentes se hallaba su fiel
mechero. Nadie entendió como había conseguido colarlo, pero ya no tenía
remedio, el mechero se encendió y prendió las paredes, el suelo y el techo, la
sala ardió mientras ella reía. Las nostálgicas carcajadas, contenidas por tanto
tiempo salían de su garganta y su cuerpo ardió quedando reducido a cenizas al
igual que el resto de la sala y dos guardias despistados que no supieron
reaccionar a tiempo.
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